El 30 de mayo de 2026, más de 250 mil personas se conectaron al mismo tiempo a un espacio que no era un noticiero ni un debate de canal. Era una conversación entre el streamer Westcol y el candidato Abelardo de la Espriella.
Por primera vez en décadas, la campaña presidencial no tuvo debate entre los punteros. Ese hueco lo llenaron lives y streams. La Universidad del Rosario, con Sandra Botero, lo llamó reverse agenda-setting: el candidato le habla primero al influencer; el medio tradicional cubre después.
Al mismo tiempo, la Misión de Observación Electoral midió 2.716 millones de pesos en pauta de Facebook e Instagram entre enero y marzo. El dinero no predice el alcance. Pilar Acosta lo resumió: en redes se va a entretener; la política llega por accidente. Solo lo que provoca, interrumpe.
Brasil, en paralelo, obligó a rotular el contenido sintético de IA y prohibió deepfakes nuevos 72 horas antes de la votación. Ecuador entra ahora, con seccionales, a fiscalizar redes por primera vez. La pregunta regional es la misma: ¿quién pone el atril?
En Colombia, el atril del debate entre punteros no se instaló. El live lo sustituyó: primero el streamer, después el noticiero. El formato invirtió la agenda. El contraste con el calendario ecuatoriano —catorce días de campaña territorial— no es un veredicto político: es la misma pregunta de oficio, ¿quién pone el atril cuando el reloj legal es tan corto?
